domingo, 17 de febrero de 2013

56.- LA GRAN FAMILIA CRISTIANA

 “Perseveraban asiduamente en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones... Todos los que habían abrazado la fe vivían unidos y tenían todas las cosas en común; y vendían las posesiones y los bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Día por día, asiduos en asistir unánimemente al templo y partiendo el pan en sus casas, tomaban el sustento con regocijo y sencillez de corazón, alabando a Dios y hallando favor cabe todo el pueblo. El Señor iba diariamente agregando y reuniendo los que se salvaban”. (Hch 2, 42. 44-47)

 ¿Para qué fue convocado el Concilio Vaticano II?
Lo dijo el añorado Juan XXIII, el 13 de noviembre de 1960, en su discurso preparatorio: “Para devolver al rostro de la Iglesia de Cristo su esplendor, revelando los rasgos más simples y puros de su origen”.
Con el Concilio se experimentó el deseo y la necesidad de volver a los orígenes, de buscar el modelo de las primeras comunidades cristianas. Aires de purificación y de renovación soplaban por doquier. Lo presente  a nadie parecía lo mejor y a todos urgía la necesidad de un cambio; había que pasar de la fe vivida como experiencia personal a ser una expresión de la comunidad.
La vuelta a la experiencia comunitaria exigía hacer una profunda renovación eclesial. Cada día crecía más y más el convencimiento de que al hombre del siglo XX sólo se le podía evangelizar desde una experiencia comunitaria de la fe.
El texto de la primitiva comunidad cristiana puesto al principio, ha sido citado en muchos documentos del concilio: En la LG 13, al hablar de la universalidad del Pueblo de Dios; en la DV 10.1, explicando la fidelidad de la Iglesia; en la PO 17.4, cuando se plantea cómo debe ser la vida del sacerdote; o la del misionero, en AG 25.2; o cómo debe ser la vida religiosa, en PC 15.1.

¿Cómo eran las comunidades cristianas de los primeros siglos?
Eran hombres y mujeres que se reunían habitualmente, estableciendo entre ellos una relación de fe y de fraternidad; al principio, alrededor de los Apóstoles y discípulos del Señor, más tarde alrededor del obispo o sacerdote que presidía la celebración de la comunidad.
Todas las celebraciones  estaban basadas en un esquema de cuatro puntos fundamentales:
La doctrina de los Apóstoles,  trasmitida por las catequesis de los Apóstoles y de sus sucesores, la enseñanza, la predicación o la tradición. Los grupos se fueron creando en torno a la Palabra de Dios. Fue ésta la que  aglutinó a los creyentes y dio origen a la comunidad.
La comunión, misterio humano, “sacramento e instrumento de la íntima unión de la Iglesia con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1). Aquí la palabra comunión no significa el sacramento de la Eucaristía, que es un significado muy posterior, la palabra comunión es la unión de los creyentes en una misma fe y en unos mismos sentimientos.
La fracción del pan, así se llamaba a la actual Eucaristía. Compartir la misma fe  y compartir el Cuerpo de Cristo  impulsó a los primeros cristianos a compartir también los alimentos del cuerpo, según la necesidad de cada uno.
Una vez aceptada la Palabra de Dios, nació la comunión, la común unión entre los creyentes, los cuales, por estar convertidos y unidos entre sí, participaban de la Eucaristía o fracción del pan, compartían sus bienes y alababan a Dios en la plegaria comunitaria.
Las oraciones o  plegarias de la celebración.

¿Por qué se reunían los primeros cristianos?
Porque deseaban recibir la enseñanza de los Apóstoles; prepararse para recibir el Espíritu Santo, mediante la imposición de las manos; vivir en comunión con sus hermanos en la fe y aprender a ser luz y levadura para los no creyentes.
La experiencia de fe en Cristo resucitado narrada por los Apóstoles, (Hch 2, 36), se hizo experiencia de conversión para los oyentes, (Hch 2, 38). Los primeros cristianos encontraron en sus comunidades la experiencia y el modelo de vida según Cristo resucitado.
No podemos olvidar las grandes persecuciones que sufrieron; los miles y miles que ofrecieron su vida por el martirio. Todos ellos encontraron en su comunidad eclesial, en su iglesia doméstica, la fuerza para afrontar las dificultades, incluso, hasta testimoniar su fe con el derramamiento de su sangre.

Las pequeñas comunidades de nuestra Iglesia de hoy.
Al igual que en la Iglesia primitiva, en la Iglesia del siglo XX es la pequeña comunidad la que revitaliza y da fuerza al conjunto. Sólo desde los grupos más comprometidos se puede llegar a una sociedad alejada de Dios y proclamar su Reino.
Los grandes acontecimientos, las grandes manifestaciones, tal vez conmuevan los sentimientos pero no mueven a una conversión duradera. Ésta debe apuntalarse, después, en los grupos que, por ser más reducidos y más cercanos, son más proclives a la comunión de las personas.
Es en la comunidad de estos pequeños grupos donde se produce un fuerte proceso de evangelización de jóvenes y de adultos. La comunidad de estos grupos es el medio óptimo para escuchar la Palabra de Dios, reconocer su presencia y percibir la acción del Espíritu.
La catequesis es una inmersión en la vida de la comunidad, que es siempre el modelo de referencia. La comunidad es lugar de enseñanza, de comunión, de celebración y de oración. En la comunidad se dan las señales que confirman la presencia del Espíritu (Hch 2, 44-45)
La Iglesia, por medio de las comunidades cristianas, es luz de las gentes (LG 1); signo levantado en medio de las naciones, (SC 2); y sacramento universal de salvación (GS 45).
El Espíritu Santo sopla donde quiere, y después del Concilio Vaticano II parece que lo hace abundantemente en dirección de los pequeños grupos que conforman las comunidades vivas de nuestras parroquias.

¿Es preciso rehacer el tejido comunitario de la Iglesia?
Las primeras comunidades constaban de 30, 40....100 cristianos. En la Edad Media la mayoría de las parroquias no pasaban de 300 miembros, por eso había tantas. Hoy muchas parroquias tienen más de 10.000 feligreses y muy pocos sacerdotes que las atiendan.
¿Hacia dónde vamos por ese camino? Con tales dimensiones parroquiales, ¿es posible que se conozcan los fieles? ¿Es posible que formen una verdadera comunidad? Está claro que no, por eso, se están dando constantemente pasos favoreciendo la vertebración de todo el tejido  comunitario de la Iglesia en grupos reducidos, según el carisma que cada uno ha recibido del Espíritu Santo.

La parroquia, comunidad de comunidades.
En el Sínodo de la Catequesis de 1977 se aprobó esta proposición: “De hecho, no pocas parroquias, por diferentes motivos, están lejos de constituir una verdadera comunidad cristiana. Sin embargo, la vía ideal para renovar esta dimensión comunitaria de la parroquia podría ser el convertirla en comunidad de comunidades”.
Es una nueva mentalidad que está penetrando muy lentamente, que debe sustituir a otra forma de ver las cosas que también ha estado presente durante muchos siglos y que, por estar muy arraigada va a costar mucho tiempo cambiar. Pero, la necesidad se impondrá; si la Iglesia quiere manifestar su verdadero rostro, debe volver a sus orígenes, a la comunión de fe y de sentimientos, al conocimiento mutuo de los miembros de cada comunidad. Esto sólo es posible si volvemos a practicar nuestra fe en grupos reducidos y éstos aglutinados en la parroquia madre.
Se dirá que la parroquia como comunidad de comunidades es una utopía. A lo que respondemos: Les dijeron que era imposible; ellos no lo creyeron.... y, por eso, lo hicieron.

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